La madre que la parió, me hace hojear tres o cuatro libros.
Aunque, bueno, como siempre altero el orden... nunca sabrás de cual hablo.
Habían recogido y no había nadie por la zona. Aparqué lejos, y fui por calles que aún no existían ocultándome mientras el sol desaparecía.
No daba luz que mereciera propiamente tal nombre, sino un resplandor apagado y lúgubre. Todo parecía mucho más pequeño, estrecho, desnudo...
Así que cerré los ojos y me senté en aquellos escalones sin vestir, escuchando, sintiendo, y empecé a sonreír.
Porqué si puedo estar completamente a oscuras y seguir tranquila en un sitio es porque estoy en mi casa.
Él tiene su vida, y yo tengo algo parecido a una vida.
Divergen.
Exponencialmente a mis ganas de verle, nuestros pasos tienen la mala costumbre de chocarse.
Y entonces siempre pierdo mi sombra y tengo que pedir prestada la suya, para sentirme bajo cobijo.
Porqué sin sombra no dejas huella, y a mi me gusta marcar mi caminar. Aunque sea a través de su piel.
La luna sale y se pone. De nuevo le pierdo el rastro.
Un lapso nada más. Lapso de vida, de sueños, de debilidad...
Un lapso y todo volvía a la normalidad habitual.
A mirar, bajo la luz, mi silueta y sólo ver mis pies.
